domingo, 8 de noviembre de 2015

La hija del vampiro

Pero el murciélago sabrá renacer:
como un ave fénix de las sombras.

En tu vientre sus moléculas se harán tu sangre.
Pasarán las noches
(serán el acecho del murciélago,
un acecho metabólico).

Tu cuerpo irá allanando el ser, como una gestación
que se digiere.

La cabeza del murciélago se aferrará a tus entrañas,
un mordisco interno te dará el aviso.

¡Pero no será igual que antes!

Dentro tuyo este nuevo ser expandirá sus alas
y al hacerlo se calzará en tu sombra.

Dentro tuyo no habrá quién lo detenga

hasta ser tú.


Su nacimiento será el tuyo.


Serás la hija del vampiro.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Miran con furia los ojos del murciélago


Miran con furia los ojos del murciélago.
La noche es un cuchillo que afila sus pupilas y con ellas
busca la sangre que todavía palpita
en el eco
de un corazón ignorante y dulce.

El murciélago se lanza desde la rama lejana,
cruza el parque desnudo de abedules.
Un cuello blando vibra sutilmente
como la brisa a esta hora:
desde el cuello la brisa va trazando un camino.

En la desembocadura de su vuelo, 
el murciélago clava sus uñas
en la blanca piel que espera. 

Tentado,
exhibiendo ahora sus colmillos
en posición perfecta, 
alcanza a hacer el gesto del vampiro.

Pero tu mano se alza y lo atrapa, simple, como toda tragedia.
Lo miras con ternura, como arrullando un muerto.
Y tus dientes le arrancan la cabeza.

Es mi corazón un fruto ignorante y dulce.

Miran con furia los ojos del murciélago.

La noche es un cuchillo que afila tus pupilas.





La imagen: http://desdepuebla.com/wp-content/uploads/2015/01/Murci%C3%A9lago.jpg 

martes, 21 de abril de 2015

Bruno

A diferencia de lo que ocurre en Casa Tomada, yo sí puedo mirar a los ojos directamente y sin problemas al culpable de la toma. No resulta necesario para la historia que no pueda hacerlo, o que no me atreva a hacerlo; por el contrario, es importante que pueda escudriñar esos ojos marrones, tan profundos en su vacío.

Subo las escalas hasta la terraza, es domingo en la mañana y el sol luce radiante e inútil allá arriba, alumbrando el pueblo infeliz que habitamos, que sonríe tanto como nosotros sonriamos.

Desde hace 4 meses aproximadamente la terraza ha sido tomada. Al principio no lucía tan devastada, pero el paso del tiempo ha permitido que el invasor se haya apoderado de cada uno de sus rincones y que ahora lo que llegó a ser un buen lugar para tomarse un café el domingo en la mañana, mientras se cavila sobre la felicidad de un pueblo y su relación con la sonrisa de quienes pensamos en ello, ese lugar aislado e íntimo, expuesto pero privado, parece un campo de batalla. Las sillas de espaldar de espuma, forradas de una tela habana, sobrias, cómodas, ahora lucen una herida abierta de la cual penden jirones del forro que las cubría, la espuma expuesta como una cortada profunda que nadie atiende. Los jarrones de la esquina derecha, la que da al edificio Balcones de Venecia, ya no tienen tierra. Ha sido extraída a fuerza de empellones y excavaciones ociosas buscando nada; la tierra ahora está esparcida por todo el piso de la terraza, adornada aquí y allá de pedazos de espuma masticados.

Al lado de esos materos, hay todavía dos plantas vivas, que malviven en un gesto de resistencia admirable, atendiendo que sus hojas están rasgadas a dentelladas, secas las restantes por la falta de agua que ya nadie les echa, impedidos como estamos de ingresar a la terraza para no padecer en nuestra piel la misma suerte de las sillas. Así que ahora están allí, aisladas en la terraza, resistiendo el sol de la mañana del domingo, aterradas de que quienes en algún momento las cuidamos y las mimamos, ahora no nos atrevamos siquiera a arrojarles un cuenco de agua.

A la izquierda está el lavaplatos con la tubería destrozada, zafada por quién sabe qué poderosa fuerza llena de un ocio destructor y malvado. Hay una cobija verde tirada en el piso, al lado de una mancha reciente de orina; alcanza a verse que la cobija está húmeda de orina, rebosante de orina. Pero eso no es lo peor. Lo peor es la mierda, la mierda ingente, laboriosamente depositada en los espacios libres de la terraza, donde no hay ni espuma ni tierra regada, ni hojas rasgadas, donde no hay cobijas orinadas hasta la ebriedad, donde hipotéticamente podría caminarse, allí, justo allí, hay laboriosos montículos de popó, albergando cada uno su consabida mosca, que nos mira amenazante y gorda. Burocrática.

No logro conjurar un suspiro, que se cuela en medio de esta mañana de domingo. No obstante, en medio de todo esto, como si nada, se encuentra el tomador de la terraza, el usurpador, el bárbaro extranjero que se ha apoderado de una de las zonas más acogedoras de la casa. Está sentado casi sobre la cobija, en el único espacio libre de estropicio. Apenas me siente, alza la cabeza y levanta las orejas. Me mira suplicante, con un anhelo que se le apodera de las pupilas y se las hace brillar.
Se sienta bien erguido el pecho, firme la mirada, trompa recta y larga en dirección a mi cara, que se asoma tras el vidrio de la puerta.


Otro suspiro de significado distinto, más conciliador, más humano, viene a rematar la visión matutina de la terraza. 

Abro la puerta. 

sábado, 10 de enero de 2015

Días largos


Cuando amanezco sentado frente al computador siento que he de sobrellevar una nueva derrota. Ver la luz del amanecer opera en mí, en estos casos, como habría de operar en la piel de un vampiro (vampiro culpable, vampiro mediocre, vampiro desleído): corro a acostarme como si afanarme sirviera de algo a las 5:30 de la mañana, con un día por delante, repleto de horas, lleno de audiencias y afanes, compras de verduras y pagos de facturas. El sol se levanta y es el Juicio de Dios. Mi cerebro es una plastilina amasada y vuelta a amasar una y otra vez sobre las paredes del cráneo. Las ideas se suceden unas a otras sin orden aparente (¡Sin orden alguno, Juan! -me digo- ¡basta ya de falsas expectativas y psicoanálisis baratos!). Me levanto del escritorio como un condenado a muerte, después de trabajar en una nueva sentencia toda la noche, con pausas para buscar música nueva o reacomodar mis nuevas emociones en la música de siempre. Mi espalda es una mole tiesa, de una sola pieza, dura por dentro, inflexible. La cadera traquea de manera extraña y pienso que es el traquear de la vejez. La sentencia está por culminar, pero mis dedos ya no responden igual, surgen las redundancias evidentes, la confusión en los nombres de los testigos, la angustia terrible a última hora al creer -en medio de una suerte de pánico que siempre me visita a esta hora de la madrugada- que la decisión es absurda, que debí haber absuelto, o condenado, o anulado, cualquier cosa menos aquello que llevo 7 horas tratando de justificar, redondear y dar forma. La lámpara en el estudio cede su luz lentamente a los embates del sol matutino, que me señala. Cuando la luz del sol comienza a tragarse a la luz de la lámpara –una forma más de imperialismo- me levanto del escritorio, tratando de agenciar los deseos de correr y devolver el tiempo, desciendo por las escalas y me asomo al cuarto de mi hija. Si no está aquí, es porque caminó durante la noche hasta mi cuarto y está allá dormida, imitando la placidez única de los que aún no nacen. En esos casos, me acuesto en su cama, sabiendo que en algún lugar, enredada entre las cobijas, hay una cerdita de traje rojo, respiro profundo el olor del pelo de mi hija sobre su almohada, hasta que me duermo. En cambio, si mi hija no se ha ido en medio de la noche a dormir con su mamá, si parado en el marco de la puerta de su cuarto la veo allí dormida, cambio de ruta y entonces me dirijo a mi cuarto (en pocos segundos el cuarto estará del todo iluminado), sin desnudarme me acuesto en un solo movimiento mecánico y lóbrego, me arropo con la cobija y acerco mis rodillas tiesas y frías al costado tibio de Giovanna. Su calor me reconforta y me permite conciliar el sueño, que llega de inmediato. Voy cayendo en el pozo amplio del sueño, hasta que un maldito despertador alardea su puntualidad y su polifonía a las 6:30 de la mañana, cuando ya se hace tarde para ir a trabajar. La audiencia comenzará en breve y hay dos o tres aspectos, menores, que debo resolver antes, en la sentencia. Me levanto mareado, abandono el paraíso del lecho y subo nuevamente al estudio, a terminar aquello que garabateé unas horas antes. Pienso varias veces en los videos de caídas, vines y bloopers que me atreví a visitar durante la noche, en mis llamadas pausas activas, y confirmo una vez más, que es un pésimo negocio gastar mis horas de sueño viendo caídas de gringos idiotas, creyéndome por encima el cuento de que se trata de una forma poco ortodoxa de analizar culturas (sí, Juan, claro). La vehemencia acusatoria tiene un tono que resuena en mi cabeza mientras mi espalda duele y mis ojos punzan ante la luz de la pantalla del computador, como pidiendo a gritos la noche, la paz cálida de la noche oscura, profunda, aceitosa y densa, donde el aire no roza la conjuntiva, donde la luz es un recuerdo que se borra ante el negro absoluto, donde caben los sueños y el descanso, se borran milagrosamente las ojeras por la magia de la noche y el humor es tenue y parejo, como debe ser... Pero no, yo estoy sentado de nuevo al computador, luego de haber dormido una hora escasa, y la luz de la pantalla chuza en la retina, manda un mensaje de dolor de cabeza inmediatamente al centro de mi cerebro, donde la plastilina (verde, amarilla, azul, rosa, negra) se ha plegado amasada y reamasada a las paredes del cráneo y ya no es capaz de ningún pensamiento coherente, salvo mirar por la ventana a la gente saliendo de sus casas bien puestos para sus trabajos, bien descansados y felices, algunos con evidente olor a colonia, todos con los dientes lavados y la vida en orden. Luego de la imagen de los vecinos -o encima de ella, sería más acertado decir- se materializa mi reflejo en la ventana del estudio, como una aparición sobre el vidrio por donde he espiado a mis vecinos, y lo veo allí plasmado, mi reflejo, enmarcado por un día que avanza a mil por hora, mirándome como un objeto, como si yo mismo, todo mi ser, fuera un objeto, un candelabro, un portarretratos, un cenicero, seco, vacío, vacío, vacío. Me miro un rato y en mis ojos creo encontrar la respuesta, la razón, la verdadera razón, el fundamento. Sí, el final, allí está, clarísimo. Pero ya son las 7 de la mañana y la sentencia aguarda. Ubico mis dedos sobre el teclado. Avanzo varias frases, retrocedo otras. Hay días que comienzan siendo largos.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Víctima y procesado

Al final, en el formato, en la nota al pie que va en todas las hojas y presenta el documento a cualquier lector desprevenido, como si repitiera su nombre todo el tiempo (me llamo tal, mi cédula es tal, he hecho esto), se pone el número del radicado del proceso, el delito, el nombre del condenado, el nombre de la víctima y la decisión adoptada. Los datos son importantes para ubicar las decisiones, para saber de qué van sin tener que remontarse a leer todos los antecedentes. Es útil. Pero más allá de ello siempre he tenido un prurito algo ingenuo con atar incluso allí, en el papel, los nombres del procesado  y de la víctima. Al principio no me sentía capaz de fallar al formato, por lo que terminaba siempre, a pesar del malestar, dejando a víctima y victimario uno sobre el otro (como muchas veces en los hechos ocurrió, ahora a pie de página y no ya en un andén, un parque, una habitación desordenada), porque faltar al formato, al principio, es como desatender los consejos de un instructor de paracaídas: uno sabe que si no obedece alpiedelaletra podría morir.

Pero ya he visto que no pasa nada si el formato se modifica, si se hace más largo o corto (dependiendo). Así que ya no he vuelto a poner el nombre de la víctima a la hora de identificar el proceso. No porque no esté allí (siempre lo estará), sino para no perpetuar una especie de geografía de la revictimización, una simbología macabra en la que víctima y victimario seguirán juntos hasta que la muerte los separe. Del crimen, como del amor, nadie se olvida verdaderamente, ni siquiera quien cree haber olvidado. Procuro al menos en ese renglón inane, que ya no va, borrar la huella de alguna cicatriz, de alguna fobia o desconfianza de base que dejan estas cosas a quienes las padecen.


No sé, espero secretamente que cuando el victimario relea su condena (siempre lo hacen, al menos los que van a prisión), no se tope hoja tras hoja con el nombre de quien, en cierto sentido, lo tiene allí encerrado. Muchos suelen confundirse y creer que la responsabilidad es de la víctima y no del procesado

No he definido todavía si esta es una decisión ética o estética. La he mantenido incluso cuando la decisión es absolutoria. No sé por qué.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Ojos rojos

Desde hace unos meses siempre tengo los ojos rojos. Desde hace unos meses ya casi no tengo pestañas. Desde hace unos meses pienso en mis ojos todos los días. Pienso en qué sería de mi vida si no los tuviera. Pienso que sería como morir. A veces me miro en el espejo y veo unos ojos cada vez más chicos, que me miran como si yo ya no fuera yo. No sé si es que yo estaba en mis ojos, y ahora que son rojos, ya no quepa allí. Puede que no esté durmiendo bien. Puede que sea exceso de pantallas. En todo caso, he empezado a aplicar teorías muy personales sobre el cuidado de los ojos, como por ejemplo, echarles agua directamente todas las mañanas, hasta que ardan. Siento el cloro del agua raspando mis pupilas, como expurgando miradas viejas. Me invento que ese cloro mata lo que sea que me pone los ojos rojos. No se me escapa, desde luego, que puede que el cloro empeore todo el cuadro. Pero no me desagrada ese ardor inicial, con el que inauguro mis duchas en las mañanas. Hace unos meses tuve conjuntivitis y el aplique de agua directa en las pupilas me ardía terriblemente, pero me aliviaba también. De pequeñas perversiones como esa están hechas nuestras ordalías corporales. Hubo una época en mi vida que me daba puños en las piernas. Duro. El dolor era real. A veces me muerdo los labios como para saber que sigue allí, el dolor. Puede que mis ojos sean rojos porque sufro, puede que todo no sean sino entretenimientos del diablo. Esta semana Giova me aplicó unas gotas oftálmicas. Entré al edificio como si llorara. El vigilante, en lugar de compungido, me saludó sonriente. Nuestra relación con el dolor, propio o ajeno, no es muy sencilla.

Imagen tomada de http://www.taringa.net/posts/paranormal/17791742/Mi-vida-en-el-manicomio-parte-6.html

martes, 2 de septiembre de 2014

Del lado equivocado


Veo un gigante de tierra,
no tiene ojos.
Seguro es un gigante,
camina aplastando
lo que un paso antes
fue una calle bajo el sol.

Deja solo el sol y una grieta profunda,
que es otra forma de montaña
–que se hiende.
Avanza por la ciudad dando
tumbos y arrasando
con las tranquilidades del cemento.

Creo que he de servirle mi cabeza
en un plato sucio.
Es la ofrenda que supongo precisa
pero sigue de largo.

Es un sueño todo,
los lagos nefastos levantándose
de sus trincheras y envolviendo
las tranquilidades del cemento
en una sola gotera inmensa y turbia.

El gigante tiene aliados insospechados:
nace de mi vientre una raíz insoportable
que penetra alevosa mis entrañas,
sale por mis manos una rama babosa
respirando el mismo aire que ha robado a mis pulmones,
la raíz llega a la cabeza y se acomoda envolviendo el plato sucio
de recuerdos y nostalgias.

Es un sueño todo, me digo con voz de árbol
que se suma a la batalla del caos.
La naturaleza nace desde mi alma, gira en el aire y retorna
en un bucle destructor que me da vida nueva.
Es la sabiduría de la sangre,
que no se niega ante ninguna herida,
se va dando siempre,
así muera en esa gentileza.
Estar vivo es dar, pero todo es un sueño,
me alcanzo a decir
mientras desaparezco en un espeso
bosque trémulo.

Debajo de las hojas aguadas,
de las serpientes acechantes
una nostalgia del cemento
que ya comienza a ceder al paso del tiempo
da su toque dramático a la inexistencia de relojes.

Gigante destructor…
todo era un sueño, es cierto
solo que yo estaba
del lado equivocado.

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